Algoritmo, algoritmo, algoritmo, algoritmo. Es la palabra que todo ser relacionado con el marketing tiene presente. Pero es un error, porque necesariamente todo ser debería tener la palabra presente. Y es que relacionamos al famoso algoritmo con los mensajes publicitarios que nos salen en redes sociales y páginas web, por ejemplo. Pero los algoritmos manejan mucho más nuestras vidas de lo que pensamos.

¿Sabías que los bancos utilizan algoritmos para elegir a quién dar o no dar un préstamo? ¿O conceder una hipoteca? ¿O sabías que muchas empresas utilizan algoritmos para hacer una primera selección de personal cuando están buscando nuevas incorporaciones?

Los algoritmos fallan

Es un hecho, los algoritmos fallan y lo tenemos más que comprobado cuando vemos las sugerencias de amistad en Facebook. Entonces, ¿son justos los algoritmos que eligen, por ejemplo, los perfiles de las personas a las que conceder una hipoteca desde un banco? La cosa cambia y se pone seria.

Si, de repente, te das cuenta de que decisiones importantes de tu vida van a ser tomadas por algoritmos y te asusta que no sean justos contigo, no te preocupes, le pasa a más gente. Estás empezando a tomar conciencia de que forman parte de tu vida, más de lo que pensabas y en temas no tan banales como tus amistades de instituto rondando tus sugerencias de Facebook.

Los algoritmos te aislan

Otro de los problemas que empiezan a generar los algoritmos es que, a la hora de elegir qué mensajes te aparecen en internet, acaban sesgándolo tanto que da lugar a la famosa burbuja de filtros. Dejas de ver opiniones contrarias a las tuyas y empiezas a leer únicamente información que confirma lo que tu piensas. Y esto, lógicamente, te aisla de lo que pasa en realidad a tu alrededor.

«¿Y entonces»?, te preguntarás, «¿cómo se pueden arreglar los algoritmos para que sean justos?».

Lo algoritmos y la ética

En principio, pensarás, «parece fácil arreglarlo y decir al algoritmo que tiene que ser justo a la hora de seleccionar perfiles para un trabajo o para un crédito bancario». En la práctica, como te puedes imaginar, no es tan sencillo.

En el momento en el que los encargados de programar los algoritmos se dan cuenta de que están discriminando ciertas partes de la sociedad, es cuando la ética empieza a ser indispensable en el mundo tecnológico.

¿Quién vigila que los algoritmos no sean discriminantes?¿Y si los programadores de algoritmos hicieran un juramento con el que comprometerse por la igualdad y la equidad? ¿Cómo funcionan en realidad los algoritmos? ¿Sería tan fácil como hacer a los programadores comprometerse y despojarse de prejuicios?

Obviamente, la solución no es tan sencilla como esta, y menos cuando la programación de algoritmos se complementa con la inteligencia artificial. ¿Les hemos dado demasiado poder? Cuando hablamos de que la tecnología está evolucionando con muchísima velocidad, también hablamos de las cuestiones éticas que van generando. ¿Se podrán solventar y poner al día con los propios avances?

Seguiremos informando.